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Una roca espacial del tamaño del Everest se estrella contra la Tierra. A continuación, una pared de agua de la altura de un rascacielos se extiende sobre el océano. Las llamas consumen los bosques; las nubes de polvo y ceniza hacen que el día se convierta en noche. ¿No bastaba con esto? Pues, según afirman los geólogos Mark Richards y Jan Smit, parece ser que no.