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El dióxido de carbono (CO2) tiene un efecto fertilizante a bajas temperaturas en el Océano Ártico y regula la producción de materia orgánica (producción primaria) llevada a cabo por el fitoplancton marino. Sin embargo, con la llegada del verano, cuando la temperatura aumenta, este efecto desaparece y, por tanto, disminuye la capacidad del fitoplancton para capturar CO2.