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Desaparecen las playas y con ellas las esperanzas de muchos africanos que dependen del mar para sobrevivir. Las orillas de los países que circundan el Atlántico sudoeste se hunden a un ritmo desenfrenado por el aumento del nivel del mar, que se come en ciertas zonas hasta 10 metros de playa y cuestiona el tamaño de los países. El agua se traga hogares, hoteles, carreteras e incluso cementerios, donde el océano levanta las lápidas y deja los huesos flotando.