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Escondite para un soldado japonés durante 30 años, Lubang en Filipinas tiene aguas cristalinas y un horizonte eterno.

El soldado del Ejército Imperial japonés Hiroo Onoda fue en 1974 el último rezagado de guerra en rendirse cuando salió de la isla Lubang todavía con su uniforme y llevando una espada samurai, 30 años después de que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Antes de eso, había matado a aldeanos y renido escaramuzas con las fuerzas de policía, en la creencia de que el mundo todavía estaba envuelto en un conflicto.

Cuando murió, en enero de este año, fue un símbolo nostálgico de un viejo Japón, que vivió por un código de honor diferente y fue desinteresadamente fiel al emperador-dios. Sobrevivió gracias a su ingenio y la abundancia natural de la tierra.