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Dicen que la expresión de los delfines es su mayor maldición, un rictus que los humanos identificamos con una sonrisa pero que puede esconder un indescriptible sufrimiento y que proporciona la coartada perfecta a quienes se lucran con su tortura y a quienes, simplemente, prefieren no hacerse preguntas porque saben que no podrían asumir las respuestas.